Las mujeres en la pintura de Vermeer

Por Marcela Davidson

Considerando que en el siglo diecisiete la mujer era sojuzgada por su propia condición, fue el artista holandés Johannes Vermeer (1632-1675) quien se adelantó cuatro siglos al pintar una serie de óleos dedicados a las mujeres en su vida cotidiana. Fueron obras que no pudo vender durante su vida y que debió pintar motivado por comprender que la mujer tenía una inteligencia similar a la del hombre.

Vermeer prioriza la condición femenina a pesar de no tener comprador para una temática rechazada. Porque qué hombre burgués sería capaz de adquirir un cuadro en el que la mujer denotara conocimiento para la mirada del espectador. La mujer en el barroco era venerada religiosamente o representada mitológicamente en la pintura, y en el arte privado como objeto del deseo.

La particularidad del artista fue pintar a la mujer como protagonista de la vida cotidiana.

Hay en cada una de sus representaciones costumbristas una acción congelada, como si fuera una fotografía instantánea: una joven mujer leyendo una carta, la lechera, la mujer sirviendo agua, tocando el teclado o la guitarra, bordando o haciendo otras actividades en el interior íntimo de la sala. La sala o mundo interior era una tendencia de su época, y él como todo artista también supo nutrirse de las cuestiones pictóricas vigentes.

Las mujeres de Vermeer eran lo que somos: mujeres con inquietudes, con quehaceres, y también sugestivas y femeninas como “La Joven de la Perla”. Allí se inspira en  Leonardo da Vinci, quien también había inmortalizado a la mujer en su sonrisa inquietante y misteriosa.  Utiliza pigmentos costosos como el lapislázuli y el ultramar para el turbante, que tiene el color azul de connotaciones asociadas a la inteligencia; y la perla con significado de  exclusividad ornamentando su oreja, el ingreso auditivo,  porque el oído de la mujer es reconocido como su capacidad de recepción. Y logra en este retrato que la joven dialogue con su boca entreabierta, la mirada inteligente, el  turbante que le cubre el cabello; la mujer en su esplendor como esa esférica y enorme perla, el hallazgo de su capacidad para comunicarse. La mujer tiene algo para decir y lo dice con sus labios y la expresión de los ojos, nos mira desde un siglo considerado la Edad de Oro de los Países Bajos, nos transmite que ella es poseedora de identidad  y que también razona, lee, aprecia la música y realiza sus tareas con decisión.

J. Vermeer: La joven de la perla.

Investigando su obra, se piensa que en muchas de sus pinturas fueron sus hijas quienes modelaron.

La vida de Vermeer como artista y marchand cayó en calamidades financieras cuando la guerra franco neerlandesa de 1672 suprimió el comercio artístico. Murió antes de cumplir los cuarenta años y con deudas que más tarde su familia tuvo que saldar. Sin embargo a la humanidad no dejó deuda alguna, al contrario, valoró al género femenino y le dedicó gran parte de su producción artística reconociendo su capacidad cognitiva y expresándolo como el más destacado.

Vermeer le encontró el sentido a la mujer, especialmente el de la comunicación. Las mujeres de Vermeer nos están diciendo quiénes son y lo que están haciendo: protagonizan la vida sin poses.