Inolvidable García Lorca en Buenos Aires

Por Laura Brosio

En una apacible mañana de fines de mayo, nos dimos cita en el Bar Los 36 Billares, de la Av. de Mayo 1271, para emprender una visita denominada Café, letras, tango y bohemia en la españolísima Avenida de Mayo, organizada por la Dirección de Patrimonio del gobierno porteño en el marco del programa Los barrios abren sus Puertas.

En general este tipo de visitas resultan muy provechosas ya que nos permiten acceder a datos desconocidos o poco difundidos acerca de la historia de nuestra Ciudad. Este caso no fue la excepción.

La guía María Cafora habló del fenómeno de la inmigración acaecido a principios del siglo pasado, y lo ilustró canciones españolas e italianas. Luego, en un tono festivo,  los asistentes cantamos el tango Cambalache.

Acto seguido María mencionó a los encumbrados personajes de la literatura y del tango que tomaban la Avenida de Mayo como centro obligado de su actividad social e intelectual durante las décadas del 20 y del 30. Mencionó en este sentido a Carlos Gardel, Pablo Neruda, Aníbal Troilo, Osvaldo Fresedo, Enrique Santos Discépolo, Raúl González Tuñón, Oliverio Girondo, Luisa Vehil, y a Federico García Lorca. Justamente la vida y la visita a Buenos Aires del querido escritor granadino -de cuyo nacimiento se cumple este año el 120° aniversario- fue el tema principal que abordó en el encuentro.

A pesar de que iba a venir sólo por un mes, García Lorca permaneció seis meses en la ciudad: desde octubre de 1933 hasta marzo de 1934. Había partido del puerto de Barcelona en el transatlántico italiano Conte Grande. Ya era un autor de prestigio. Por un lado,  había sido invitado por la Sociedad Amigos del Arte para dar una serie de conferencias; y, por otro, la actriz Lola Membrives había hecho lo propio para que el escritor viniera a presenciar la representación de su obra Bodas de sangre en el Teatro Avenida que –pese a que en España había fracasado- estaba teniendo un gran éxito en Buenos Aires.

Durante su estadía, Lorca tuvo la oportunidad de dirigir sus obras Bodas de sangre, Mariana Pineda, La zapatera prodigiosa, El retablillo de Don Cristóbal, y asimismo una adaptación de La dama boba de Lope de Vega.

En 1929 había estado en Nueva York y en Cuba. De la “Gran Manzana” había vuelto desencantado y desolado. El resultado de ese viaje es su libro Poeta en Nueva York. En cambio, aquí en Buenos Aires el dramaturgo andaluz se sentía en la gloria: el público colmaba los teatros para ver sus obras, recibía aplausos por doquier y ganaba mucho dinero tanto por sus obras como por sus conferencias, lo cual le permitió alcanzar su independencia económica. Fue una visita absolutamente consagratoria.

Se alojó en la habitación 704 del Hotel Castelar, situado en Av. de Mayo 1152. Una plaqueta emplazada en el frente del hotel recuerda ese hecho. Además, la habitación puede visitarse. Durante su periplo porteño Lorcconcurría asiduamente al Café Tortoni, la Confitería El Molino y al Bar Los 36 Billares, donde justamente se hizo ese encuentro para recordarlo. También fue a la cancha de Boca y a la Isla Maciel, y otras ciudades lo tuvieron como huésped: La Plata, Rosario, Córdoba y Tucumán.

En el Tortoni –que le recordaba al Rinconcillo de Granada, el café de sus tertulias con intelectuales españoles- Lorca compartió mesas con Discépolo, Neruda, González Tuñón, Natalio Botana, Victoria Ocampo, Alfonsina Storni, Norah Lange y Girondo.

Junto con Lange y Neruda constituyó un trío inseparable que se movía en la Avenida de Mayo. Recordemos que en esa época el poeta chileno vivía en Buenos Aires ya que se desempeñaba como cónsul. Asimismo, Lorca trabó amistad con la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou, el también poeta Ricardo Molinari, el escritor mexicano Salvador Novo y el periodista Pablo Suero, su gran anfitrión.

Habitualmente, Neruda lo iba a buscar al hotel y desayunaban en el Bar Los 36 Billares, que tiene una riquísima historia. Declarado Bar Notable en 2002 y Patrimonio Cultural de la Ciudad en 2014, fue inaugurado en 1894, cuando recién se había terminado la apertura de la Avenida de Mayo y Buenos Aires comenzaba a tener la pujanza y la modernidad de una ciudad europea. Enclavado en pleno corazón del centro porteño, es uno de los bares más tradicionales de la ciudad y uno de los centros más importantes del billar. Respecto a su nombre, se debe a que las mesas fueron realizadas en una fábrica que estaba en la misma cuadra y que se llamaba precisamente Los 36.

El bar fue fundado bajo la influencia de la colectividad española, lo que se ve reflejado en su arquitectura. La edificación es obra de los arquitectos Vicente Colmegna y Robert Tiphaine. Su fachada es de madera y ladrillo rojo. Su salón principal, ubicado en la planta baja, tiene 350 m². Se destacan sus mesas, puertas, mostradores y columnas de madera y sus grandes ventanales a la calle así como sus arañas con apliques redondos. Otras características son su piso granítico rojo y su boiserie decorada con racimos de uvas. En la planta baja también se halla un salón privado con capacidad para 50 personas, que cuenta con un escenario y un piano, ideal para realizar todo tipo de eventos. Fue justamente en este salón donde se desarrolló la charla que brindó la guía.

En el subsuelo se encuentra la sala de juegos, la mejor sala de billar de Buenos Aires: once mesas de billar, seis mesas de pool y una de snooker (billar británico). Allí funciona, además, una escuela de billar y pool.

En 2014 se llevó a cabo un enorme trabajo de remodelación y restauración con el fin de recuperar el esplendor de antaño. En la actualidad Los 36 Billares es un sitio turístico, un clásico de la Avenida de Mayo de visita imprescindible tanto para porteños como extranjeros.

Su especialidad son las pizzas y las empanadas; cuenta nada menos que con 40 variedades de pizzas. A propósito de la estadía de Lorca en el lugar, hay un Desayuno/Merienda García Lorca que consta de café, té, café con leche para dos, masas secas, torta, sándwiches, pan dulce, brownie y marroc. Una suculenta opción gastronómica que pueden disfrutar y degustar todos los que se acercan al bar.

Volviendo a la visita de Lorca a nuestra ciudad, un hecho que debe mencionarse por su carácter humorístico es el tributo que el escritor español y Neruda le oficiaron al poeta Rubén Darío en el Pen Club. Ambos dieron un discurso “al alimón”, una práctica que hacen dos toreros combatiendo a un solo toro. Es decir, uno decía una palabra y el otro lo completaba. Lorca quería divertir a los demás, le gustaba ser ocurrente.

Estaba fascinado además por todo lo que veía. Vibraba con el tango y con el lunfardo; quería aprender qué significaba ese idioma tan particular de los porteños. Estando aquí entendió esa mezcla única de cosa festiva y nostálgica que es el tango. Conoció y escuchó cantar a Gardel. Le encantaba el 2×4 por la relación que tenía con lo popular.

En Buenos Aires era agasajado constantemente, por lo cual no le quedaba tiempo para su labor de dramaturgo. Membrives lo presionaba para que terminara de escribir Yerma con el fin de estrenarla aquí. Por eso, con la idea de abocarse a su trabajo, Lorca se trasladó a Montevideo. Pero allí también recibió un sensacional reconocimiento y al final no pudo concluir la obra, lo que provocó el enojo de la gran Lola.

Los porteños lo adoraban y él era consciente de su carisma. No lo dejaban partir, todos se disputaban su presencia. Al irse de su amada Buenos Aires, señaló: “En cada calle, en cada paseo dejo un recuerdo mío”.

En un tramo de la exposición de la guía se escuchó la segunda parte del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías llamada La sangre derramada, recitada por Alfredo Alcón. El escritor andaluz le dedicó este poema de 220 versos a su gran amigo, un torero sevillano que murió a causa de una cornada en la plaza de toros de Manzanares en 1934. En el salón donde nos encontrábamos se vivió un momento conmovedor a tal punto que varios asistentes no pudieron ocultar las lágrimas, al escuchar: “¡Que no quiero verla!/ Dile a la luna que venga,/ que no quiero ver la sangre/ de Ignacio sobre la arena./ ¡Que no quiero verla!/ La luna de par en par./ Caballo de nubes quietas/ y la plaza gris del sueño/ con sauces en las barreras./ ¡Que no quiero verla!/ Que mi recuerdo se quema./ ¡Avisad a los jazmines/ con su blancura pequeña!/ ¡Que no quiero verla!”

FOTOS:

El Café Los 36 Billares, hoy un sitio turístico en la Ciudad.
García Lorca en Buenos Aires con Lola Membrives, junto a un afiche anunciando la representación de Bodas de Sangre.