Norah Borges, refugio interior

Por Marcela Davidson

Norah Borges, de quien podemos ver actualmente una muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes, deslumbra por su continuidad en narrar visualmente su idílico refugio interior.

Comienza a principios del siglo XX a expresarse utilizando recursos de los artistas vanguardistas de su época. Sabe seleccionar las herramientas técnicas, que le permitirán construir locaciones y crear personajes que constituyan escenarios interiores e ideales,  auténticos refugios oníricos de ensamblajes entre naturaleza y arquitectura. La paleta de verdes, tierras, rosas, amarillos, naranjas, componen las estructuras geométricas de las que emergen curvas de figuras humanas, líricamente hieráticas. Las figuras humanas de Norah,  por su manufactura sintetizada, nos recuerdan a las figuras egipcias o a los iconos medievales. Pocas líneas y un sentido. El contenido interpretativo en líneas generales marca la diferencia. Se puede representar una figura humana con pocas líneas casi realizando una síntesis de un rostro y la anatomía, y sin embargo cada época va a dejar un significado distinto en representaciones que tienen semejanzas expresivas. Norah no imitó al arte egipcio ni al medieval. Su obra tiene la semejanza de utilizar lo esencial para narrar visualmente una figura humana. El cambio se da en lo que conceptualmente queda visualmente narrado. 

¿Qué significación hay en cada representación? Los egipcios estaban mirando el presente con un paso hacia el más allá, y esa presencia entre la vida terrenal y la vida futura del alma inmortal la repitieron constantemente. Ahí hay una evidencia de una visión de la vida. Norah tuvo su propia visión y sus figuras sintetizadas necesitaban protegerse entre instrumentos musicales o arquitecturas ambiguas o en la naturaleza.

Personajes como ángeles

“Es la mano de Norah, trazando el rostro de una amiga que es también el de un ángel.”, dice un verso del poema “Buenos Aires”, de su hermano Jorge Luis Borges. Así como la representación de los ángeles y la Virgen con Niño en los iconos medievales son composiciones también de líneas esenciales y rostros idealizados muy semejantes e imperturbables denotando una mirada en trance hacia Dios, la artista utiliza la síntesis figurativa como lo habían hecho los egipcios y los artistas medievales de Occidente. Como aquellos, ella repetirá con continuidad sus figuras calladas, figuras creadas con ojos que son observadores distantes con algo de resignación de lo que sucede afuera, en el exterior, en la vida normalizada de la realidad, afuera del marco compositivo de la obra. Afuera no hay estructura compositiva, afuera el mundo se cae. Una manera de perder la mirada a eso que los seres humanos están haciendo afuera, esa realidad agitada, incierta, desordenada, caótica. Un intento de ver el afuera desde un refugio idealizado con abundante naturaleza y arquitectura de espacios rebatidos. Superficies de dameros aluden a suelos o tableros de juego azaroso en el que se vive.

La artista perteneció desde joven, tanto en Europa como en la Argentina,  a un círculo social de escritores y artistas visuales. Mientras el resto de la humanidad se aglutinaba de una manera terrenal, Norah se vinculó socialmente entre metáforas poéticas, música y lienzos pictóricos. A lo largo de su existencia fue recurriendo a su virtuoso pincel para pintar situaciones de contención. Desde ahí, en sus atemporales refugios logró innovar aportando al arte del siglo XX  una mirada de repeticiones propias. Lejos de representar la visión de inmortalidad del Alma como lo hicieron en Egipto, o una visión sagrada y divina en el medioevo. Norah Borges retrata repetidamente su mirada sigilosa desde su interior al exterior. Julio Payró, académico en arte, la consideraba una artista del Realismo Mágico, observando la inclinación de Norah por añadir elementos fantásticos al realismo. Los personajes de Norah Borges están refugiados en su imaginario que se encarna en la superficie bidimensional. Son seres de mirada reflexiva observando al turbulento Siglo XX. Lo extraordinario de sus obras es que la artista logró persistir visualmente en  la cuestión lírica de tonos pasteles, sin desviar hacia las tendencias emergentes de las distintas décadas. Contrario al expresionismo abstracto o a otras tendencias artísticas de aquel entonces, Norah encarnó al arte desde su esencia propia. Un impulso la llevó a repetir una y otra vez sus figuras de  mirada nostálgica y resignada que observan un mundo exterior en el que la poesía y el romanticismo iban siendo devastados  por ambiciones de poder y  económicas. Ambiciones exageradas capaces de destruir sin compasión a la naturaleza, a la arquitectura y al propio ser humano. Así es cómo Norah genera sin cesar ilustraciones para textos y pinturas cargadas de poesía contemplativa al margen de las novedades artísticas que van sucediendo.

El Arte es un estado emocional expresado con los recursos que cada artista le solicita visualmente a otros artistas y a otras épocas. Las técnicas son herramientas que un artista actual puede utilizar para dar testimonio de una sensibilidad propia, expresando su prosa visual y psíquica. Pensar en la obra de Norah Borges me lleva a recordar al creador de la Logoterapia, Viktor Frankl. La relación entre el filósofo y psiquiatra con la artista visual se basa en que, con la creación de la logoterapia, Frankl propuso una psicoterapia para una motivación de sentido para la vida. Norah Borges en su recurrente representación de los fantásticos espacios fuera de la realidad caótica del siglo de las guerras y revoluciones ideológicas, pinta un refugio idílico que a modo de motivación, le da sentido a su vida. Ahí reside el aspecto extraordinario de la artista quien devela en su interior la manera de visualizar el propósito de su existencia. Norah Borges encuentra el sentido de su vida en ese estado de serenidad y silencio, un refugio interior encarnado en cada una de sus obras. 

La muestra de Norah Borges pude visitarse en el MNBA hasta el 1 de marzo.

FOTO: “Nora Borges repetirá con continuidad sus figuras calladas, con ojos que son observadores distantes con algo de resignación de lo que sucede afuera, en la vida normalizada de la realidad”.