Ricardo Güiraldes: a un nuevo aniversario de su natalicio

En febrero pasado se cumplieron 132 años del nacimiento de Ricardo Güiraldes.
Para recordarlo, transcribimos a continuación un artículo que traza una interesante semblanza del autor de Don Segundo Sombra.

Ricardo Güiraldes: a un nuevo aniversario de su natalicio

Por Antonio Las Heras
“A Ricardo la vida en el campo le atrajo desde muy niño”

Ricardo Güiraldes nació el 13 de febrero de 1886 en Buenos Aires, en la casa de los Guerrico (sus abuelos). Segundo hijo de Manuel Güiraldes y Dolores Goñi, recibió los nombres de los dos médicos que lo ayudaron a nacer, Ricardo Gutiérrez y Guillermo Udaondo. Su padre era un hombre culto, de alto rango social, que se interesaba mucho por el arte, lo que influyó en Ricardo, quien además de dedicarse a la literatura, incursionó en la plástica, dibujando escenas campestres y realizando pinturas al óleo.

Un año después de su nacimiento, la familia se trasladó a París, instalándose en el elegante barrio de Saint Claud, en donde permaneció hasta 1890. Allí nació su hermano José.

A su regreso, Ricardo ya hablaba varios idiomas: inglés, alemán y principalmente francés (lengua que dejó profundas huellas en su estilo y preferencias literarias), además del español. En ese momento el país se encontraba en plena crisis y cambio de gobierno, y se producía la Revolución del ´90.

Su niñez y juventud transcurrieron entre la ciudad de Buenos Aires, en la casa de sus abuelos Güiraldes en el barrio de Caballito, durante el otoño e invierno; y San Antonio de Areco, en la estancia de su padre bautizada como “La Porteña” (como la primera locomotora argentina). Su madre era descendiente de quien fundó San Antonio de Areco en 1730, don Ruiz de Arellano, por lo que la familia era muy conocida en el pueblo y poseía una gran reputación.

A Ricardo la vida en el campo le atrajo desde muy niño, y le permitió desarrollar una estética muy particular, ligada a las características propias del trabajo y el paisaje pampeanos que reflejó, luego, a través de sus obras.

En su permanencia en la estancia conoció gente a la que admiró y con quienes entabló una relación que le dio elementos para escribir posteriormente sus libros, entre otros se encontraban Víctor Taboada, José Hernández, Ramón Cisneros, Crisanto Núñez y Nicasio Cano. En esos días comenzó a escribir una suerte de diario de la vida en la estancia con ilustraciones propias.

Fue también allí donde conoció a Segundo Ramírez, figura en la que basó su personaje de “Don Segundo Sombra”.

Hasta 1897 fue educado por institutrices, y a partir de ese año su formación académica estuvo a cargo de Lorenzo Ceballos, un ingeniero mexicano exiliado en nuestro país, que reconoció sus aptitudes literarias y lo estimuló para que comenzara a escribir.

Luego asistió al Colegio Lacordaire, al instituto Vértiz y al Instituto Libre de Segunda Enseñanza, recibiéndose de Bachiller a los dieciséis años.

A continuación inició las carreras de Arquitectura y Derecho, pero ambas fueron abandonadas por su falta de vocación.

En 1905 conoció a Adelina del Carril, con quien se casaría recién en 1913.

Es por aquél entonces cuando comenzaron sus lecturas de Nietzsche, Spencer, Dickens, Darío, Balzac, Zola, Flaubert y otros importantes autores que influyeron en su formación intelectual. Luego, para profundizar el idioma castellano, leyó autores españoles como Bécquer, Espronceda y Campoamor, entre otros.

En esa época predominaba el modernismo y Lugones era el autor argentino de mayor prestigio, aunque, desde principio de siglo, otros importantes escritores como Almafuerte, Carriego y Payró aportaban estilos diferentes que fueron aceptados por las nuevas generaciones. Por ese entonces, en el panorama político del país habían surgido, desde fines del siglo anterior, nuevas fuerzas como el radicalismo, el socialismo y el anarquismo.

En 1910 inició un extenso viaje con su amigo Roberto Leviller, renunciando a acompañar a su padre – entonces intendente municipal de Buenos Aires – en las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo, lo que le acarreó fuertes desavenencias con éste, sumado al hecho de que Ricardo ya se iba perfilando como escritor, distanciándose así, aún más, de las expectativas paternas.

En Granada, mientras iba rumbo a Francia, hizo las primeras anotaciones de lo que serían, luego, sus obras “El cencerro de cristal” y “Raucho”. Una vez llegado a París, decidió continuar su viaje con Adán Deihl, su futuro cuñado, hacia Oriente. Su itinerario incluyó a China, Japón, India, Ceilán, Rusia y Egipto, pasando también por Italia, Grecia y Constantinopla.

Poco se ha mencionado acerca de los motivos que impulsaron a Ricardo Güiraldes a efectuar ese recorrido por Oriente. Su visita a esas latitudes respondió a su incansable búsqueda del desarrollo espiritual. Su interés no fue el de un turista que llegaba para conocer tierras lejanas y exóticas, sino que estaba centrado en adquirir experiencias místicas. Fue así que en su estadía por aquellos lugares indagó creencias, practicó rituales, conversó con “hombres santos”, discutió sobre técnicas para lograr el éxtasis: esto es, la contemplación de la divinidad. En su búsqueda utilizó drogas. Es particularmente importante una anotación en “El sendero” donde afirma su certeza de que a través de esas intoxicaciones nada trascendente puede obtenerse. “… puedo decir que no me cuadra ninguna droga. Conozco los ‘paraísos artificiales’, desde el alcohol hasta el opio. … ningún vicio de estos me ha captado… Estas pruebas han dejado en mí, después de un momento de mezquino desvarío, una repugnancia…, porque el escapar de las miserias estúpidas por un medio extraño a mí mismo, no cuadra a mi deseo de absoluta libertad interior. Soñar de prestado, sabiendo que mis sueños vienen de la botica, hace reír mi orgullo ante tal recurso de capón. Por eso no he podido pertenecer a ninguno de esos infiernos…” (“El Sendero. Notas sobre mi evolución espiritual en vista de un futuro”. Editorial R. G., Buenos Aires, 1977 Págs. 60/61).

Su escritura siempre estuvo signada por ese anhelo de crecimiento espiritual. En “Don Segundo Sombra”, esto se evidencia claramente en el protagonista, que atraviesa todos los pasos que corresponden a todo Héroe Solar, de cualquier mitología y época, en su proceso para desarrollar una consciencia adulta capaz de permitirle convertirse en único e irrepetible, sin máscaras, sin engaños, sin hipocresías.

Su travesía culminó en París, instalándose en casa del escultor Alberto Lagos. A Güiraldes se le atribuye la introducción del tango en la capital francesa junto con Alberto López Buchardo. Allí llevó adelante una intensa vida social y es donde decidió convertirse definitivamente en escritor comenzando a redactar el borrador de “El cencerro de cristal”, libro vanguardista que combina prosa y verso.

En 1912 regresó a la Argentina profundamente transformado y con inquietudes espirituales cada vez más fuertes.

En Buenos Aires se unió a un grupo integrado por artistas y escritores que se reunían en el taller de Alejandro Bustillo, entre los que se encontraban Diehl, Lagos, Victoria Ocampo, Alberto Girondo y otros. Es entonces cuando se reencontró con Adelina del Carril, con quien se casó el 20 de octubre de 1813. Animado por ella y por Leopoldo Lugones, en 1915 publicó “El cencerro de cristal” y “Cuentos de amor y de sangre”, texto influido por Horacio Quiroga. Al no obtener buena repercusión, intentó destruir todos los ejemplares, pero su esposa pudo recuperar algunos de ellos.

En 1916, el matrimonio, acompañado por Alfredo González Garaño y su mujer, emprendió un viaje por Cuba y Jamaica, realizando apuntes que, con el tiempo, darían origen a la novela “Xamaica”. De regreso, completó la redacción de “Raucho”, iniciada en 1910 en Granada y que se publicó en 1917. Luego, con González Garaño trabajaron en un ballet que llamarían “Caaporá” y que no llegó a concretarse por la enfermedad del bailarín Nijinsky a quien habían apalabrado para representarlo.

En 1918 publicó en “El cuento ilustrado”, que dirigía Horacio Quiroga, una novela que tituló “Un idilio de estación” y que más tarde se editó con el nombre de “Rosaura”, dedicándola a su hermana Lolita.

Concluida la Primera Guerra Mundial, llegó a sus manos un libro de divulgación yóguica: El Raja Yoga del Yogi Ramacharaka. Esta lectura otorgó más elementos a Güiraldes para profundizar su interés en el universo espiritual de la India mística.

Luego viajó nuevamente a París con su esposa. Era el año 1919. Allí estableció contactos con numerosos escritores franceses, frecuentando tertulias literarias y librerías.

Entre todos los escritores que conoció en esta visita, el que mayor huella le dejó fue Valery Larbaud, quien se convirtió en su gran amigo. Larbaud estaba en contacto con los grandes escritores franceses de ese tiempo como Gide, Saint John Perse, Claudel y otros a los que lo presentó, escribiendo además un artículo sobre Ricardo Güiraldes en “La Nouvelle Revue Francaise” en el que le auguraba un destacado papel en la literatura americana. Estimulado por Larbaud y varios escritores, Güiraldes finalmente tomó conciencia de su propio valor y el de sus escritos.

Tras un viaje a Mallorca, el matrimonio Güiraldes regresó a París donde Ricardo escribió los diez primeros capítulos de “Don Segundo Sombra”. Finalmente, en 1920, retornaron a la Argentina.

En 1921 y 1922 escribió los “Poemas Solitarios”, y a fines de 1922 publicó “Rosaura”.

Entre 1923 y 1924 continuó con “Don Segundo Sombra” y por intermedio de Oliverio Girondo se relacionó con Cané, Vignale, Borges, Brandán Caraffa y otros escritores. A fines de 1923 se publicó “Xaimaca”, que, como anticipamos, fue fruto de su recorrido por las tierras del Caribe.

Por ese entonces se formaron los grupos de Boedo y Florida y éste último adoptó a Güiraldes como maestro. Se publicó “Martín Fierro”, revista emblemática, en la que colaboraban los más destacados autores, incluyendo a Ricardo Güiraldes. En 1924 se fundó la revista “Proa”, dirigida por Borges, Brandán Caraffa, Rojas Paz y posteriormente también por Güiraldes, quien participó tanto allí como en “Valoraciones” y la mencionada “Martín Fierro” con mucho entusiasmo. Por aquella época tuvo como secretario, por breve tiempo, a Roberto Arlt, a quien ayudó a pulir su obra “El juguete rabioso”.

En 1925, “Proa” se dejó de publicar debido a dificultades económicas, la incomprensión e indiferencia del ambiente y, fundamentalmente, por diferencias de criterio de sus integrantes.

En marzo de 1926, Güiraldes concluyó “Don Segundo Sombra”, que fue publicado en julio, obteniendo un éxito inmediato y el reconocimiento y los elogios de Leopoldo Lugones, quien la comentó en el suplemento cultural de “La Nación”, y “Martín Fierro” le dedicó un número de homenaje. El mismo Güiraldes se asombró de la recepción que su obra tuvo en el público. Escribió a Larbaud: “Me palmean todos los días. No veo sino sonrisas que están conmigo y que son casi yo mismo. Don Segundo lo hemos escrito entre todos. Estaba en nosotros y nos alegramos de que exista en letra impresa.”

En 1927 realizó su último viaje a Francia con la intención de continuar hacia la India, en su permanente búsqueda espiritual. Pero en Arcachon se le diagnosticó la enfermedad de Hodgkin siendo su estado de salud tan precario que debió ser trasladado a París en ambulancia.

El 5 de octubre llegó a París la noticia del Premio Nacional de Literatura otorgado en la Argentina a “Don Segundo Sombra”, dos días antes de la muerte del autor.

Ricardo Güiraldes falleció el 7 de octubre de 1927 en casa de su amigo Alfredo González Garaño, a la temprana edad de 41 años.

Sus restos fueron repatriados a Buenos Aires el 17 de diciembre y fueron recibidos por el presidente Alvear, Lugones, Larreta, Sáenz Peña y Rojas, entre otras personalidades. Fue inhumado en el cementerio de San Antonio de Areco. A su lado descansa don Segundo Ramírez, el resero que inspiró a Güiraldes para el personaje de su obra cumbre.

Luego de su muerte se publicaron los textos que Güiraldes dejó inéditos: “Poemas místicos y Poemas solitarios” (1928), “Seis relatos” (1929), “El sendero. Notas sobre mi evolución espiritual en vista de un futuro” (1932), “El libro bravo” (1936), “El pájaro blanco” (1952) y “Pampa” (1954).

En “El sendero” leemos, escrito con fecha 6 de octubre de 1927; esto es, un día antes de su muerte; las siguientes palabras del autor, algo así como un corolario a su existencia: “¿He tenido el más débil vislumbre de lo que se llamaría éxtasis? Sí.

Antonio Las Heras es escritor, periodista y profesor universitario. Director del Instituto de Estudios e Investigaciones Junguianas de la Sociedad Científica Argentina. Preside la Comisión del libro de Filosofía, Historia y Ciencias Sociales de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).