La trampa de la autoexigencia

– Por Cristina Gozzi –

Los perfeccionistas, en su afán de no mostrar fisura alguna, viven sufriendo. Sienten una insatisfacción permanente, que se agrava día a día, al tiempo que aumentan su auto-exigencia. Varios autores dan consejos sobre cómo sobreponerse a esa tiranía que les impide disfrutar de la vida.

   Intentar hacer las cosas lo mejor posible es algo loable, querer hacer todo de manera perfecta es una obsesión. Hay un perfeccionismo sano y otro que linda lo patológico.  La diferencia está en las posibilidades de concretar las metas que nos proponemos.

   Los psicólogos norteamericanos Allan E. Mallinger y Jeanette de Wyse, autores de  La obsesión del perfeccionismo, sostienen que “ser perfecto y no dejar lugar a los errores es una de las maneras que usa el obsesivo para ejercer control en sus relaciones”. Y afirman que para conseguirlo, debe hacer malabarismos que lo agotan, debe esforzarse por evitar errores y en demostrar su competencia. “Lo contrario, recibir críticas o reproches, mostrarse débil o inseguro es tanto como morir”, afirman.

   Para estos especialistas, se trata de grandes controladores, sobre todo emocionales, dispuestos a tapar cualquier fragilidad. “La represión es su fuerte; el sobreesfuerzo, su constante; y el control, su aliado”, manifiestan. Pero admiten que en ese vano intento, sufren mucho y que con el tiempo,  ni ese precio que pagan les sirve para superar una eterna insatisfacción.

  Para combatir esa tiranía interior, se aconseja permitirse el error, el desagrado, el decir que no y el reconocer que a veces, ni siquiera se sabe más que otros.

   Los psicólogos Warren Mansell y Roz Safran de la Universidad de Oxford, autores de  Venciendo al perfeccionismo (Overcoming Perfectionism) asocian esta actitud con los actos compulsivos de las personas que padecen desórdenes alimentarios. Sostienen que la experiencia clínica les sugiere que el perfeccionismo a ultranza puede impedir el éxito de los tratamientos psicológicos y que por ende, puede transformarse en predictor de depresión y de síntomas psicosomáticos. Creen que si bien el esfuerzo, la meticulosidad y el querer hacer las cosas bien es una actitud deseable y saludable, exigirse hacer las cosas de modo perfecto es una auto-imposición que coloca a las personas en una situación de vulnerabilidad y de dependencia. ”La trampa del perfeccionismo no es fijarse unos estándares elevados, sino fijarse unos estándares inalcanzables; o sea, tratar de obtener lo imposible”, afirman. Y aconsejan recordar las palabras de Aristóteles: “Ni el exceso, ni el defecto: el justo medio”.

   Muchos psicólogos piensan que el perfeccionismo y la elevada exigencia están en la base de muchos problemas de gestión del tiempo. La persona perfeccionista dedica una enorme cantidad de esfuerzo y recursos para hacer las cosas bien; pero, al mismo tiempo, siempre tiene la sensación de que podría haberlas hecho mejor, si se hubiera esforzado un poco más. Así, el tiempo se les escapa entre los dedos, especialmente en el entorno laboral, donde el trabajo se revisa una y otra vez, se buscan y detectan nuevos errores y siempre se encuentran aspectos para mejorar. “No existe un perfeccionista feliz”, afirma la psicóloga francesa Marie Haddou en su libro Basta de agobio. A su entender, el perfeccionismo genera insatisfacción, decepción y frustración, sentimientos que imposibilitan la paz interior y se apartan de la felicidad.

   Por su parte, la psicóloga clínica española Cristina Ruiz Coloma, en su libro Atrévase a no ser perfecto, sostiene: “Los perfeccionistas tienen tendencia a ser especialmente sensibles a las exigencias, reales o imaginarias, que se les hace o se hacen ellos mismos. A veces convierten sus propios deseos en deberes. Desde el momento en que se es un perfeccionista exigente, el quiero se convierte en debo y el deseo es reemplazado por la obligación. Si la persona se siente bajo una intensa presión de actuar e intenta motivarse con debería o tendría que, se cree obligada a efectuar cualquier actividad y además, a finalizarla. Aun cuando sea una tarea que inicialmente pueda producirle placer, el pensar que debe finalizarla, la transforma en obligación; y eso elimina la opción de todo individuo a elegir libremente. Tiene la sensación de tener una carga encima que puede producirle tensión, sentimientos de culpabilidad, resentimiento y numerosos problemas más”.

    Según su parecer, Ruiz Coloma sostiene que es preferible ser imperfecto y feliz. Aconseja liberarse de las cadenas del perfeccionismo y dedicar la energía que requeriría ese esfuerzo a relajarse y disfrutar de la vida. “Es posible vivir con plenitud y felicidad aun sin ser perfecto”, asegura. A su entender, los perfeccionistas deberían fijarse objetivos realistas y alcanzables y capitalizar los errores como parte de un aprendizaje que ayude a conseguir un mayor crecimiento tanto humano como profesional. “Al conseguir metas menos exigentes, se fortalece la confianza en uno mismo para poder proponerse otras más altas”, reconoce. Asimismo, sugiere invertir el tiempo utilizado en alcanzar la perfección en beneficio del ocio y las actividades placenteras, que son disparadoras de “momentos de intuición y creatividad, que por fortuna, tantas veces mueven la actividad humana”. Y recomienda valorar el proceso de búsqueda y sus aspectos positivos por encima de los resultados, los que muchas veces, dependen de factores que no podemos manejar.