Güemes y Retiro

El pasado lunes 17 se conmemoró el 198° aniversario del fallecimiento de Don Martín Miguel de Güemes (1785-1821). La fecha es feriado nacional desde el año 2016, cuando por un decreto del presidente Mauricio Macri, se instituyó como tal en todo el ámbito de la Nación, sin duda como reconocimiento a la importancia y la incidencia que el accionar de este militar y político salteño tuvo en el desarrollo del proceso emancipador de la Argentina.

Güemes fue con sus gauchos el heroico defensor de la frontera norte del país contra los realistas, lo que le fue encomendado incluso por el General San Martín. Esto posibilitó que en 1816 se proclamara la independencia de las que eran entonces las Provincias Unidas del Río de la Plata, y también que el propio San Martín prosiguiera su campaña libertadora hacia Chile y Perú.

Es decir que mencionar a Güemes implica pensar inmediatamente en Salta y en la llamada Guerra Gaucha del NO argentino. Sin embargo podemos también recordar al héroe en importantes hechos ocurridos en Buenos Aires.

Siendo muy joven, casi un niño, a la edad de 14 años Güemes comenzó su carrera militar. Perteneció al regimiento Fijo de Salta, el cual por orden del virrey Sobrermonte, en 1805 se traslada a Buenos Aires. Esto hace que en 1806 y 1807 el joven soldado participe aquí de las luchas contra las dos Invasiones Inglesas. Sabido es que el actual barrio de Retiro fue uno de los escenarios esenciales en esas luchas por la Reconquista de la Ciudad de Buenos Aires. Y es aquí precisamente el lugar en el que tuvo Güemes una presencia destacada. Una embarcación británica -el Justine, o Justinia según alguna traducción- que llegó hasta la costa para bombardear la Ciudad, por una inesperada bajante del Río de la Plata quedó varada en seco a la altura del Retiro. Eso fue aprovechado por un grupo de caballería de Pueyrredón que tomó por asalto al barco. Entre los valientes soldados jinetes estaba Güemes, que según algún relato posterior comandaba el grupo. Esto ocurrió el 12 de agosto de 1806, y paradójicamente, visto desde la actualidad, se dio en donde se halla hoy la Torre de los Ingleses, frente a la Estación Retiro, puesto que el Río de la Plata llegaba por entonces hasta allí.

Lo inusual del ataque tomó por sorpresa a los británicos. Es que no era común precisamente que un barco fuera abordado a caballo. Alejandro Gillespie, capitán del ejército británico que llegó a estas costas integrando las tropas de la Primera Invasión, en una suerte de diario personal que llevaba y en el que dejó testimonios muy valiosos sobre la expedición vista del lado inglés y sobre esta Ciudad y sus pobladores, consignó el hecho. Señala Gillespie: “Había un boque mercante en este tiempo que se había acercado a la ciudad para traficar, que nos fue de utilidad esencial. El ‘Justinia’, de 26 cañones, una vez alijado, fue tripulado con oficiales y cien marineros de la escuadra, además de su dotación. El día de nuestra rendición peleó bien y con sus cañones impidió todos los movimientos de los españoles no solamente por la playa, sino en las diferentes calles que ocupaban, también expuestas a su fuego. Este barco ofrece un fenómeno en los acontecimientos militares, el de haber sido abordado y tomado por caballería al terminar el 12 de agosto, a causa de una bajante súbita del río”. (*)

Las luchas por recuperar Buenos Aires y expulsar a los invasores en esa ocasión estuvieron llenas de episodios heroicos. Pero éste sin duda, destaca tanto por la valentía con que se llevó a cabo como por lo inusual en un hecho militar de esas características. Y allí estuvo el joven Güemes; que más adelante va a regresar a su Salta natal, con lo que sigue ya otra historia, claro que vinculada también al destino de la Patria, como reza el hermoso poema de Jaime Dávalos que consignamos a continuación.

(*) Alejandro Gillespie: Buenos aires y el interior. La Cultura Argentina, 1921.

FOTO: Toma del Justina. Oleo sobre tela, de Juan Francisco Cancio Lazo.

 

CANTO A GÜEMES (Fragmento)

AHORA, en los fogones, Padre Norte

en las últimas casas donde el hombre

se asoma a las orillas del silencio,

presides tutelar la paz del vino,

y su cárdena rosa es una lámpara,

de amor memoria, una señal ardiente,

que convoca en el pan y la ceniza

tu espíritu construido tras la muerte.

(…)

Campeas por el aire, allá en los filos

del viento aullador y desterrado,

donde el verano llamarán los toros

con un balido temporal y trueno.

Miras abajo el chaco entre la bruma,

la heredad de tus hijos, territorio

leñero de la víbora y la arena

empapado en el polen de la aurora.

Miras desde la muerte, cercada de jaguares,

desde tu extensa muerte sembradora

y en ella, árbol de pólvora, tu grito

junta en la eternidad todas las voces.

 

En tu desvelo por la nieve cruza

San Martín hacia el mar encadenado

y el paisaje y la tierra están contigo

capitán del instinto encrucijado.

Al frente de los ríos y la espina

y del tembladeral alucinado,

jefe de sombras por la noche pasas

mojado en su silencio como un astro.

(…)

Centauro azul, la noche de la patria

llora luz en tu cuerpo desolado.

Ya las altas estrellas apuntaban

el vacío que dejas en la fuga,

tu sangre ya está abierta a su destino;

encontró por el túnel de la bala

su camino a la tierra y abandona

tu materia de lanza y de clarines.

(…)

Jaime Dávalos (El Nombrador). 1957.