Conociendo las obras de Rodin en Buenos Aires

– Por Laura Brosio –

En el marco de la semana de Francia en Buenos Aires denominada Viví Francia, tuvimos el placer de visitar la exposición Entre la materia y la emoción: Auguste Rodin en la Colección del Museo Nacional de Bellas Artes, en la que se exhibieron algunas de las obras del célebre escultor francés que se encuentran en dicho museo. Se trató de una inmejorable oportunidad para rendirle un homenaje al artista en este año en el cual se cumple el centenario de su fallecimiento.

Grande era la ansiedad de todos los allí presentes por emprender lo que intuíamos iba a ser un viaje a la belleza y la desmesura. Sabíamos que no íbamos a salir indemnes, imaginábamos que las obras lograrían conmovernos, irían a despertarnos de la inercia de la vida diaria en la gran ciudad.

Al principio, la guía Silvana Varela se explayó acerca del estilo disruptivo que marcó Auguste Rodin (1840-1917), frente a la línea académica, presente, por ejemplo, en la obra de Louis Barrias. El canon académico dominante en el s.XIX en Francia indicaba que debían representarse los detalles de las diferentes texturas, buscar la minuciosidad de lo real; el material debía estar pulido al extremo, ser plano. En cambio en sus obras, Rodin dejaba la piedra en bruto, había rugosidades, quedaban las marcas de las herramientas utilizadas. La idea era darle a la materia un lugar expresivo. Es que Rodin privilegiaba la expresión por sobre la perfección. No trataba de contar una historia sino que representaba formas y cuerpos todavía sujetos a la piedra. Para él, el concepto está cerrado en la piedra y el escultor debe sacarlo a la luz. Procuraba que el espectador construyera la imagen.

Por todas estas características de su trabajo, a comienzos de su trayectoria fue rechazado; recién a fines del siglo XIX terminó siendo aceptado como el padre de la escultura moderna. Intentó entrar dos veces a la Escuela de Bellas Artes sin éxito, sí pudo ingresar a la Petite  École, una especie de escuela de artes y oficios donde aprendió a dibujar y modelar.

El recorrido por sus obras comenzó con La Tierra y la Luna (mármol, 1904). Es una figura alegórica, inspirada en Miguel Angel. La guía se refirió a la técnica del ensamblaje utilizada por Rodin, mediante la cual el escultor unía distintas figuras y daba lugar a una idea nueva. En este caso unió sus esculturas La fatiga y Andrómeda, y así creó La Tierra y la Luna.

Un regocijo para los ojos y el espíritu fue contemplar su obra más famosa: El beso (1882). En el Museo de Bellas Artes no está el original en mármol –que se encuentra en París- sino un calco en yeso. Esta escultura es una donación de Rodin al primer director del Museo de Bellas Artes, el pintor y crítico de arte Eduardo Schiaffino,  por haber adquirido La Tierra y la Luna y El pensador, que está emplazado en la Plaza de los Dos Congresos. Recordemos que en 1906 el gobierno nacional le había encargado a Schiaffino la misión de comprar obras para el museo.

Fue muy interesante conocer cuál es el significado profundo que encierra El beso. Representa el amor prohibido entre los personajes de Paolo y Francesca de La Divina Comedia de Dante Alighieri, por lo cual terminan ajusticiados. Se evidencia una composición piramidal para buscar el movimiento. De todas maneras, esta obra no tiene las distorsiones violentas de otras de Rodin.

Otra obra deslumbrante es El genio de la guerra, también conocida como La Defensa (bronce, 1879). En este trabajo alude a la guerra franco-prusiana, específicamente a la defensa de París frente al avance de Prusia. Rodin presentó este proyecto en un concurso convocado por el gobierno pero fue rechazado por estar teñido por mucha violencia expresiva, por los cuerpos retorcidos, la gesticulación. En la obra se ve a un soldado quebrándose en el dolor, lo cual no simbolizaba la valentía que se supone debía imperar en una obra patriótica. La figura superior lanza un grito instando a la guerra; es una alegoría a la victoria y a la República. La escultura está inspirada en La Piedad de Miguel Angel.

También pudo verse Cabeza de Balzac (yeso), que formaba parte del monumento al famoso escritor. La Sociedad de Letras, institución que encargó la obra, la rechazó porque sostenía que no respondía a las características que debía reunir un monumento, no respetaba la fisonomía de Balzac. Para Rodin ésta era la obra de su vida. Su intención no era representar un parecido con el modelo sino mostrar las distorsiones de los rasgos físicos, las oscuridades, la idea de pensamiento, de introspección del personaje retratado. En esta escultura se observa una superficie blanda que indica noción de movimiento.

En Fugit amor (bronce, 1882) vuelve a representar el amor prohibido reflejado en La Divina Comedia. En este caso, una pareja es arrastrada por una tormenta que los va alejando uno del otro; el hombre desesperado intenta vanamente alcanzar a su mujer. La lujuria y la avaricia (bronce, 1887) constituye otra belleza extraordinariamente expresiva. En estas obras prevalece el concepto de la mujer como mujer tentadora o demoníaca que lleva a la caída del hombre.

La mano de Dios (bronce, 1895) retrata la idea de Dios creando al hombre y la mujer. Al mismo tiempo, simboliza la forma de trabajo del escultor: la mano es el artista que está creando su obra.

Es natural que al culminar la visita nos preguntáramos sobre lo que habíamos experimentado en ella. Y la conclusión fue que salimos a la Avenida del Libertador  con la emoción de haber sido tocados por la varita mágica de un artista excelso.

FOTO: La intención de Rodin no era representar un parecido con el modelo sino mostrar las distorsiones de los rasgos físicos, la idea de introspección del personaje retratado.